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Pussy Riot, sobre el feminismo: "Bruja, zorra y a mucha honra"

16/09/2018 17:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

NADYA TOLOKONNIKOVA. ACTIVISTA FUNDADORA DE PUSSY RIOT Y ARTISTA

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«Está claro que el feminismo ruso no es natural en Rusia y no tiene fundamento ?asegura el arcipreste Dimitri Smirnov, un conocido portavoz de la Iglesia ortodoxa rusa?. El objetivo del feminismo es destruir los principios cristianos. El feminismo intenta poner a la mujer al mismo nivel que el hombre, privándola de sus ventajas como mujer. El feminismo causa estragos en la familia. Que hombres, mujeres y niños tengan distintos derechos destruye la familia. Si somos bautizados, debemos considerar el feminismo como un veneno que vuelve a la gente infeliz cuando penetra en la mente de la sociedad y en las familias.»

Siempre he disfrutado mucho viendo los vídeos del arcipreste Smirnov en YouTube. Fue una de las inspiraciones para la creación de las Pussy Riot. Nos quedamos con el culo torcido al escuchar sus sermones, y fue entonces cuando nos vino la idea de fundar una banda de punk feminista. El arcipreste Smirnov habla sobre las ventajas de las mujeres que destruye el feminismo. Es un truco muy manido; la misma historia de siempre. Los machistas son famosos por afirmar que en realidad están ayudando a la mujer al ponerla en un pedestal superespecial. Pero claro, desde ese pedestal no obtendrás ningún trabajo creativo, ninguna carrera ni ninguna autorrealización. Ese pedestal te obliga a ser una sirvienta o una preciosidad, entre otras cosas. Además, siempre es más fácil mirar por debajo de la falda de alguien cuando está sobre un pedestal.

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«La escuela ?dijo el arcipreste con voz profunda? debe ser un apoyo para preparar al niño de cara a la vida familiar adulta. Lamentablemente, hace veinticinco años, nuestras escuelas, bajo el in ujo de los vientos que soplaban desde occidente, rechazaron la educación y se limitaron a bombear conocimiento a los niños. Otro problema: el 99, 9 por ciento de nuestros profesores son mujeres. En cuestión de capacidades psicológicas, los profesores deberían ser hombres.»

«El feminismo anima a las mujeres a dejar a sus maridos, matar a sus niños, practicar la brujería, destruir el capitalismo y volverse lesbianas», afirmó Pat Robertson, cristiano conservador, telepredicador y otro magnate de los medios estadounidense al que, al parecer, se le ha ido la olla.

«El feminismo se estableció para permitir que las mujeres poco atractivas tuvieran un acceso más fácil a la cultura dominante», indica Rush Limbaugh, conocido por popularizar el término «feminazi» y desestimar el consentimiento en las relaciones sexuales.

Donald Trump se jacta con indiferencia de acosar sexualmente a las mujeres y menosprecia la mala prensa resultante: «Con tal de que tengas un culo joven y bonito a tu disposición, da igual lo que digan».«Un hombre de verdad debe intentarlo siempre; una mujer de verdad debe resistirse siempre», opina el líder ruso Vladímir Putin.

En Rusia, las mujeres conforman únicamente el diez por ciento del gobierno. En ese sentido solo estamos por delante de los países más pobres de África y del mundo árabe, donde hay restricciones legales y religiosas para la participación de las mujeres en la vida pública y la política. Y aun así, las encuestas muestran que una cuarta parte de los ciudadanos rusos creen que las mujeres no tienen cabida en política o que se debería reducir su número. En vez de proteger a las mujeres de la violencia doméstica, mi gobierno acaba de aprobar una ley que la legaliza.

Los machistas viven entre nosotros, no solo en los parlamentos o en la televisión. Por ejemplo, en nuestro juicio se utilizó la declaración del padre de Kat, una de las Pussy Riot encarceladas: «El testigo sabe que Tolokonnikova arrastró a su hija hacia el llamado movimiento feminista. Durante la deposición, ha condenado de forma enérgica y repetida la idea misma del feminismo, dado que cree que el movimiento no se ajusta a la civilización rusa, la cual difiere de la civilización occidental». Esta declaración cavernaria se citó en el veredicto y ante el tribunal para probar que mi «rehabilitación» no era posible sin aislarme de la sociedad.

«Feminismo y feminista son insultos, palabras indecentes», dijo el guarda de la catedral de Cristo Salvador de Moscú, una de las «partes afectadas» nombradas durante el proceso. Si eso es así, que me insulten todo lo que quieran. Que maldigan y me condenen.

«¡El feminismo ya lo ha conseguido todo! ¿Qué más queréis?» ¿Con qué frecuencia oyes esta pregunta? Yo siento que cada día empieza con ella. Teniendo en cuenta todo lo anterior, no creo que el feminismo pueda cantar victoria y retirarse pacíficamente.

Nos consideramos parte de la tercera ola del feminismo. La tercera ola desmonta el concepto mismo de la igualdad de género. Si el género es un espectro, entonces la discriminación basada en el género se vuelve absurda. Rechazamos el modelo binario de hombre/mujer en sí mismo. Definimos el género de otra manera: hay innumerables géneros que no siguen la línea recta entre los polos femenino y masculino.

No tengo una identidad sexual estable, me identifico a mí misma como queer. No veo el motivo para decir «nunca haré esto o aquello» sobre nada.

Es inútil esperar que las generaciones previas hayan resuelto este problema y que los roles se ajusten a ti con precisión. No creas que tu trabajo consiste simplemente en nacer con ciertos atributos y que luego esté todo claro: los niños van la derecha, con uniformes militares y blandiendo pistolas, mientras que las niñas van a la izquierda, con lacitos y blandiendo pinzas de depilar.

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Los roles sexuales son específicos del contexto, del lugar y de la época. Toda esa cháchara de locos sobre que los roles de hombre y mujer son eternos e históricamente neutrales siempre será un balbuceo irresponsable. Hay distintas nociones de género y distintos tipos de roles prescritos para dichos géneros en cada década de la historia humana, en todas las clases sociales, en todos los puestos de trabajo, para todas las edades y razas. Puedes divagar lo que quieras sobre esa milonga de la mística femenina, pero sé de buena tinta que las mujeres de clase baja que vivían como esclavas en la Rusia del siglo xix eran duras de pelar y fuertes como ellas solas, y que esas señoras le darían una paliza a cualquier neoyorquina moderna a la hora de echar un pulso. Había y hay sociedades «tradicionales» donde la norma era tener, digamos, tres géneros y cuatro tipos de sexualidad. Hace tan solo dos siglos, los hombres cisgénero de la aristocracia europea llevaban peluca y mucho maquillaje.

Todo el rollo de la fragilidad de la mujer y «el sexo débil» no es más que un fetiche que tuvo su momento en nuestra historia, pero nació en una época y cultura concreta, y hay un momento en el que muere. Desaparece como un rostro dibujado en la arena.

¿De qué va el feminismo para mí? El feminismo trata de deshacerse del exceso de expectativas que se proyectan sobre las personas según el género y el rol sexual que se espera que desempeñen. El feminismo pretende entender la genealogía y la historia de cada rol de género que se te asigna. El feminismo está conectado con la libertad de elección y sobre tener opciones informadas.

No tengo el más mínimo interés en ser el sexo débil. Mi vida es finita. Tengo un número de años muy limitado y quiero aprender, probar, conseguir, cambiar, sentir, atreverme, perder y ganar un montón. No tengo tiempo para juegos de la vieja escuela. Hay gente que no está dispuesta a que le digas las cosas a la cara. ¿Y si solo vives una vez, por última vez? No puedo actuar como si me quedaran otros cien años.

Llevo siendo activista y feminista desde los siete u ocho años. La primera vez que descubrí lo que era el feminismo fue a los ocho años. Decidí de inmediato que yo era feminista, simplemente porque tenía sentido. Vas a la escuela y te das cuenta de que todos los autores y científicos que estudias son hombres, y entonces te preguntas por qué: «¿Qué pasó en la historia para que fuera así?». De modo que me declaré feminista, y un día un compañero que llevaba conmigo desde preescolar se acercó a mi lado; lo lamentaba mucho por mí, estaba realmente triste. Me dijo: «No pasa nada, no te preocupes, a los ocho años todo el mundo puede considerarse feminista, pero no importa. Ya cambiarás de opinión y empezarás a amar a los hombres. Puede que cuando rondes los catorce».

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Me hablaba como si yo tuviera algún tipo de enfermedad, pero estaba intentando animarme y decirme que lo superaría. Yo fui una empollona desde bien pequeña. Una vez, mi profesora de física me puso en evidencia delante de toda la clase, diciendo: «¡Nadya es una niña muy buena! Siempre saca las notas más altas».

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Prosiguió augurando que me convertiría en una mujer de provecho y que me casaría con un presidente. Yo tenía diez años, una edad en la que aún no eres muy consciente de las cosas, pero recuerdo que entendía lo su ciente para estar furiosa. ¿Y por qué no podía ser yo la presidenta?, me pregunté. ¿De verdad que el mayor logro de una chica radica en convertirse en la esposa de alguien?

Me volví feminista porque los hombres rusos se negaban a darme la mano. Los hombres rusos no estrechan la mano de las mujeres. Eso me molestó. A un chico de mi colectivo artístico le gustaba proclamar que las mujeres no eran capaces de crear auténticas obras de arte. «La única que llegó a hacer arte de verdad fue Leni Riefenstahl», solía añadir. Eso me molestaba aún más.

Conocí a Simone de Beauvoir cuando tenía dieciocho años. «No se nace mujer, se llega a serlo», decía. Sus palabras me dieron esperanza. También tuve la suerte de descubrir la teoría queer y la del género como interpretación, con la ayuda de Judith Butler. A los dieciocho me percaté de que la cuestión principal de mi vida era determinar con qué efectividad podía redefinir la norma. ¿Qué te hace pirata, nómada o rebelde?

La misoginia apesta en las ciudades grandes, pero aún pesa más cuando te hallas en una sociedad reducida y prácticamente cerrada, como un pueblo, una pequeña comunidad industrial o una cárcel. Por ejemplo, durante mi condena aprendí que en la cárcel estás obligada a competir en concursos de belleza. Si no participas, no te conceden la libertad condicional.

También decidieron que mi amiga que prefería el estilo andrógino no estaba lista para recibir la libertad condicional porque seguía dando conciertos con zapatos planos. Tal y como lo veían ellos, subir al escenario con zapatos planos era demasiado masculino. Las mujeres debían ponerse tacones altos. Al final, a mi amiga le concedieron la condicional, pero solo tras actuar con tacones altos y demostrar así su lealtad al régimen femenino.

«Podrías seguir encerrada durante los próximos siete años ?me dijo uno de los guardas en una ocasión. Y se burlaban de mí?. De momento aún eres joven y bonita, pero a los veintinueve, cuando seas vieja, nadie querrá follarte.»

En esencia, la palabra «zorra» está relacionada con el poder. Se pronuncia con reverencia, pero también con ira, y se les dice a las mujeres que han mirado al mundo y han decidido obtener lo que quieren de él, lo que demasiado a menudo se percibe como algo malo. A las mujeres se les enseña a anteponer el bienestar de los demás al suyo propio, y es por ello que estamos recuperando la palabra para nuestro uso.

Me considero una zorra y una mala pécora, y a mucha honra. A lo largo de la historia, las mujeres que fueron acusadas de ser malvadas eran fuertes y poderosas. Solo hay que fijarse en la brujería y en la caza de brujas.

Un montón de gente que he conocido, sobre todo hombres heterosexuales, afirman que no apoyan el feminismo, pero apenas si se han planteado en qué consiste. Su rechazo se basa en el miedo o en la fantasía. Bien, pues aquí les dejo una de defnición de la activista Bell Hooks que me encanta: «El feminismo es un movimiento para acabar con el sexismo, la explotación sexista y la opresión».

El feminismo también es bueno para los hombres. El feminismo es bueno para la gente transgénero. El feminismo es bueno.

Voy a explicarlo para que se entienda. Si eres un «hombre de verdad» y eres demasiado duro para llorar, lamentarte o amar, el que sale perdiendo eres tú. El feminismo te ayudaría a estar en paz con tus sentimientos. No hay nada malo en sentir, y eso es precisamente lo que te da la vida.

Imagina que fueras un hombre que vive en Rusia y que tiene que alistarse en el ejército al cumplir los dieciocho años. Te dicen que los «hombres de verdad» tienen que aprender a disparar y a luchar. Es obligatorio para ellos, pero no para las mujeres. Cuando eras un crío, las niñas eran tus iguales en el patio de juegos. Las instituciones como el ejército aumentan la brecha de género en tu mente y cuando vuelves a casa tras un año de servicio, te han lavado el cerebro a base de bien y dejas de ver a las mujeres como tus camaradas, colegas, compañeras o colaboradoras. Un «hombre de verdad» trata a las mujeres como si fueran de otra especie, seres a los que hay que: a) adorar y proteger o b) oprimir y golpear. Si fueras ese hombre de dieciocho años que no tiene más remedio que entrar en el ejército, ¿no preferirías unir fuerzas con las mujeres y exigir juntos que ese servicio sea de carácter voluntario, en lugar de resignarte a ser un esclavo del estado?

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Pero no son solo los «hombres de verdad» a los que hay que aclararles las cosas. Muchas mujeres (sobre todo heterosexuales) aún creen que el feminismo no es necesario. Durante miles de años, nuestra supervivencia se basó en nuestra relación subordinada y masoquista con la cultura dominante, por lo que se puede entender que les cueste romper esos lazos. Por eso hay mujeres que se sienten incómodas y votan a capullos misóginos como Putin y como Trump. Por eso las hay que añoran el tacto de una mano fuerte. A veces puede costar mucho deshacerse de las cadenas, pero merece la pena hacerlo. Es buena idea morder la mano que te da de comer. Una vez eres una igual de verdad, ya no necesitas esa mano. No hay dominación. Coméis juntos. Simplemente compartís la comida.

Conozco a unas cuantas mujeres (sobre todo heterosexuales) que aún creen que nuestra misión principal es competir entre nosotras por un compañero. Que deberíamos luchar por un pene y no por nuestros derechos. ¡Qué reconfortante le debe de resultar esa idea a la cultura dominante! Mientras sigamos pensando que nuestra supervivencia depende del visto bueno del hombre, será muy fácil utilizarnos. Es la historia de siempre: obligas a un grupo a perder su conciencia colectiva y su sentido de la solidaridad y luego juegas con ellos, los usas y manipulas. La creencia de que nuestra energía vital se basa en la aprobación masculina está firmemente arraigada en la historia. Hubo momentos en los que todas las mujeres dependían económicamente de los hombres. Las que no se plegaban, eran consideradas parias y brujas y debían arder en la hoguera. Por suerte, los tiempos han cambiado un poco.

El patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa quiere prohibir el aborto. Stalin lo hizo en 1936 para aumentar el índice de natalidad, una medida que se mantuvo hasta 1955. La experiencia de la URSS nos mostró que así no solo aumentaba el índice de natalidad, sino otros dos más: la tasa de mortalidad femenina a causa de los abortos ilegales y el número de infanticidios. Anna Kuznetsova, más conocida por apoyar a Putin y la teoría de la telegonía (la creencia de que los descendientes podían heredar características de cada compañero sexual que haya tenido la mujer), se convirtió en la comisaria de los derechos de la infancia en 2016. La sexualidad es una poderosa fuente de vigor e inspiración. ¿Por qué eliminarla cuando puedes enseñar a la gente a usarla?

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La sexualidad femenina está a punto de ser descubierta y liberada. Mis investigaciones me han revelado que sigue habiendo un montón de hombres que no tienen ni puñetera idea de qué hacer con un clítoris. Pues mirad, amigos, una cosa os digo: si quieres follar conmigo y no conoces el poder del clítoris, más vale que te des media vuelta. Si veo que alguien es demasiado falocentrista en la cama, me levanto, me visto y me voy. A veces le suelto un discurso sobre la impostura del faloteologocentrismo mientras me pongo la ropa.

Las mujeres que exploran su sexualidad son estigmatizadas. Puta, zorra, buscona. Ya sabes de lo que hablo. Durante mucho creí que el mundo de las ideas debía tener prioridad sobre lo terrenal y que todo lo carnal era pecaminoso. Tuve que hacer un gran esfuerzo para recuperar la conexión entre el cuerpo y la conciencia. Aún lo hago. La calidad de vida mejora considerablemente después de conseguirlo.

Hace poco, un grupo de raperas francesas subió una canción sobre el cunnilingus a YouTube que fue censurada en su país. Venga ya, ¿así que los raperos de todo el mundo nos dicen que les chupemos la polla, pero ese vídeo es porno? ¿Por qué el clítoris se considera pornográ co y el pene no?

Durante mi adolescencia me di cuenta de que mi estilo distaba mucho de ser femenino. Intenté ponerme tacones durante seis meses, pero al final se doblaron por la mitad como un resorte y se rompieron. Era incapaz de quedarme quieta y cultivar unos modales delicados, tal y como se suponía que debía hacer una jovencita. Cantaba en voz alta por los pasillos del instituto y me movía como un ganso. No entendía por qué tenía que emular el comportamiento esperado. No le veía ninguna ventaja. Y si no había ventajas, ¿para qué molestarse? Porque estaba claro que contonearse coquetamente sobre unos tacones mientras te aferrabas a un bolsito de mano era una soberana tontería. Cada vez que veo a una mujer con tacones de aguja, siento penita por ella y me dan ganas de preguntarle si quiere que la lleve a hombros. No obstante, admiro a los hombres que usan tacones altos. A pesar de que la tradición no les obliga a hacerlo, los llevan. Son mis héroes. Me gusta imaginar que lo hacen para honrar a todas las mujeres oprimidas de la historia.


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