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Hace 22h

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Ya se sabe: en esta ciudad salvaje, todos corremos peligro. Nadie se salva. A todos nos pueden matar de un balazo por negarnos a entregar la billetera y, aun si la entregamos, nos pueden matar igual. A todos pueden secuestrarnos al paso, robarnos en veinte segundos el sueldo de un mes, quitarnos los órganos, dejarnos paralíticos a patadas. A todos nos puede pasar.

Entre marzo y agosto de este año, según el INEI, el 26% de la población (es decir, casi tres de cada diez peruanos) fue víctima de algún acto delictivo.

De ese grupo de víctimas, 25, 9 fueron mujeres y 26, 8, varones. Tal cual: a todos nos puede pasar.

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Esta sensación de inseguridad trastorna nuestra vida. Hay lugares a los que preferimos ir solamente de día, o solamente en taxi, o nunca solos. Hay lugares que evitamos, o puntos a los que podemos llegar solo después de un largo rodeo.

La ciudad se hace más pequeña, menos transitable, y ofrece menos posibilidades para pasear, conocer o encontrarnos con amigos. Los complejos multifamiliares incluyen comercios, pequeños espacios recreativos, y se convierten en ciudades en miniatura, protegidas por muros, tranqueras y puestos de vigilancia. Gracias a esas medidas, se tiene la sensación de que no le pasará nada a quien se mantenga dentro de sus fronteras. Poco a poco, aceptamos la idea de que vivir encerrados es, después de todo, una buena forma de vivir.

Nos pasa a todos.

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Sin embargo, hay temores que yo no siento cuando salgo a la calle. No temo que me griten porquerías, que me silben o que desconocidos me saluden con exagerada amabilidad. No tengo miedo de que alguien aproveche una calle vacía para mostrarme sus genitales. Salvo para robarme, nunca me han tocado contra mi voluntad, y en todos los casos supe que tocarme era el medio para encontrar mi dinero, y no el fin en sí mismo. Cuando subo al bus, no tengo miedo de que nadie aproveche la ocasión para frotarse contra mí, o se masturbe a mi lado, o grabe partes de mi cuerpo, o mire dónde me bajo para bajarse detrás de mí (y si así fuera, estaría seguro de que, otra vez, la intención es robarme). Como esas cosas nunca me han ocurrido y, lo que es más importante, como nunca he pensado que pudieran ocurrirme, no tengo ese miedo incorporado.

Y es un alivio, porque el acoso sexual ocurre con mucha mayor frecuencia que cualquier otra forma de delito: todos los días, a cada instante, independientemente de la hora del día, la zona de la ciudad o la vestimenta de la víctima. Como los asaltos, digamos; con la diferencia de que uno sería demasiado desafortunado si lo asaltaran todos los días durante una semana, o peor: dos, tres, cuatro veces en un solo día.

¿Cuántas veces, en cambio, puede ser acosada una mujer a lo largo de un solo día?

Eso ya no nos pasa a todos.

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Soy profesor en una universidad. Como dicto cursos de primer ciclo, mis alumnos suelen ser menores de edad, chicas y chicos que acaban de salir del colegio. Siempre, en algún momento del ciclo, les pregunto si alguna vez los han asaltado. Aproximadamente, la mitad del salón levanta la mano. Les digo que es una pena que chicos tan jóvenes como ellos ya hubieran tenido que atravesar por una experiencia difícil como esa. Luego pido que levanten la mano las y los estudiantes que, alguna vez, han sido sexualmente acosados en la calle o en el transporte público. Si el concepto de acoso no les queda claro, les pongo ejemplos: silbidos, besos volados, tocamientos, acercamientos innecesarios e intimidantes, «piropos», sean estos vulgares, capciosos o incluso «corteses». A veces, uno o dos hombres levantan la mano. Solo a veces, y siempre uno o dos. En cambio, en cada una de las decenas de aulas que he tenido a mi cargo en los últimos años, todas las mujeres levantaron la mano cuando pregunté quiénes habían sido acosados. Cientos de alumnas, de entre dieciséis y veinte años. Todas. Ese mismo ejercicio puede hacerlo cualquiera con su entorno de mujeres más cercano: amigas, familiares, compañeras de estudios o del trabajo.

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Ante esa realidad, es inconcebible que los hombres esquivemos el bulto. No basta con el "yo no acoso". Frente a la delincuencia, por ejemplo, nadie dice "bueno, como yo no robo, no es mi problema". Eso, por un lado, no representa ningún mérito (salvo que, como ocurre con nuestros políticos, tengamos las expectativas demasiado bajas), y por otro, no resuelve el problema. Más bien nos quita responsabilidad sobre él.

Y quizás va siendo hora de que los hombres asumamos alguna responsabilidad sobre el acoso sexual callejero: somos prácticamente los únicos perpetradores y, al mismo tiempo, casi nunca somos víctimas. Y pongo el "prácticamente" y el "casi nunca" solo para no distraernos en la precisión de que "no todos los hombres", porque ya está visto que la indignación que nos falta para reaccionar contra el acoso la tenemos de sobra cuando exigimos no ser tratados como parte del problema.

El asunto es que, en este caso, mientras no tengamos ningún interés por ser parte de la solución, seguiremos siendo parte del problema.

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La ONG Plan Internacional Perú ha lanzado la campaña #AsíSonLosHombres, con la que promueve que los hombres nos asumamos "aliados en la lucha por los derechos de la mujer". En su clip de lanzamiento, ha puesto el foco en la calle, uno de los espacios más ajenos para las mujeres. La iniciativa busca que los hombres reflexionemos sobre el acoso callejero y cómo nos relacionamos con él cuando no somos los perpetradores. Si sabemos que alguien de nuestro entorno acosa mujeres, porque lo hace delante de nosotros o porque alardea de ello, ¿lo cuestionamos? ¿Que tengamos madre o hijas nos hace inmunes al acoso? Si nosotros no acosamos, ¿qué nos diferencia de quienes sí lo hacen? ¿Y por qué ellos son tantos? Si para todos es difícil vivir en una ciudad insegura, ¿no lo será más para las mujeres? ¿Qué consecuencias tendrá eso? Que, a una hora determinada, para las mujeres sea imposible subirse a un bus o tomar un taxi de la calle, ¿no afectará su presupuesto? ¿Por qué es más fácil encontrar a varones borrachos en las calles que a mujeres borrachas? Si somos testigos de un acto de acoso, ¿qué debemos hacer? ¿Pelearnos con el agresor, mirar hacia otro lado? ¿Hay formas de ayudar sin quedar expuestos a la violencia? ¿Estamos educando adecuadamente a los niños y jóvenes para que no sean hombres acosadores? Las preguntas se acumulan y todavía no empezamos a pensar en ellas.

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El riesgo con iniciativas dirigidas a los hombres, como esta que propone Plan Internacional, es que se pasa muy rápido de la exhortación reflexiva al discurso autocelebratorio. El hashtag #AsíSonLosHombres no tiene una semana y ya el periodista Fernando Díaz, por ejemplo, dice en Twitter: "Nunca he acosado a una mujer en la calle, no he abusado de ellas en estado de inconsciencia, cuando han terminado conmigo acepté la ruptura sin odios ni revanchas. Siempre las he respetado. #AsíSonLosHombres, aliados por los derechos de la mujer. #DiaInternacionalDelHombre".

Estoy seguro de que el periodista ha tenido la mejor intención al sumarse a la campaña y no tengo razones para suponer que miente con lo que dice. Ahora bien, el problema es precisamente lo que dice: en resumen, que él no acosa, no viola y no abusa psicológicamente de mujeres, y que eso lo convierte en un aliado por sus derechos.

Piensen en cualquier otra causa por cuyos derechos se esté luchando en este momento: la comunidad LGTB, por ejemplo. Si yo no golpeo homosexuales en la calle, ¿eso me convierte en aliado de la causa LGTB? No, ¿verdad? Es más, puedo seguir siendo homofóbico sin golpear homosexuales en la calle, sin insultarlos por redes, sin negar su existencia. No golpearlos es simplemente no cometer el delito de golpearlos, y eso no me convierte, ni por asomo, en un aliado de su causa. Lo mismo ocurre con el machismo.

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En el uso del espacio público, que está directamente relacionado con el acoso callejero, la pregunta sigue vigente: ¿cómo podemos los hombres "aliarnos en la lucha por los derechos de las mujeres"? Al menos podemos concluir dos cosas: la primera es que, con no acosar, solo hemos llegado al punto de partida; la segunda es que nadie debería esperar felicitaciones por llegar al punto de partida. De allí en adelante, nos toca es construir esa alianza.

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