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José Manuel López GarcíaMiembro desde: 12/10/14

José Manuel López García
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Artículo o microensayo sobre algunos aspectos de la filosofía política kantiana

 

El deber jurídico es el fundamento de la política, según Kant. La filosofía política de Kant parte del iusnaturalismo o del derecho público natural. La libertad y la propiedad privada forman parte de la conformación de cualquier Estado para el filósofo alemán. A Kant le desagrada cualquier forma de anarquía. No se debe olvidar que crea una ética deontológica que parte del deber por el deber. La razón es la clave de bóveda de la ética y también de la política.

Como bien indica Jürgen Sprute «El derecho público establece cómo debería estructurarse  un estado organizado conforme a la razón y cuáles deberían ser sus tareas. El derecho público es el marco que permite valorar  y el punto de orientación para el político práctico y contiene, en el fondo, lo que es la filosofía política de Kant».

Se puede afirmar que la política debe ser moral  y, en este sentido, la consideración del imperativo categórico también es necesaria en el ámbito de las decisiones políticas y del ejercicio del poder en cualquier Estado.

El paso del estado de naturaleza a  un estado de derecho o social y legal es lo racional desde el planteamiento de Kant. Por tanto, el cumplimiento del derecho es también apriorístico al igual que en la moral. El pensador germano está convencido de que la libertad es un derecho irrenunciable y la base o el fundamento de la política, ya que como dice Sprute: «Según él, sólo una especie de derechos es innata. Consiste en la libertad, concretamente en la “independencia con respecto al arbitrio constrictivo de otro […] siempre que pueda coexistir con la libertad de cualquier otro  según una ley universal».  No cabe duda de que la mutua colaboración de los poderes del Estado es decisiva también para el logro de una jurisprudencia coherente, justa y racional.

El poder ejecutivo y el legislativo deben coordinarse bien. Y el poder judicial también forma parte esencial de la unión de los poderes de cada país, ya que como indica Kant la salud del Estado depende del buen orden y actividad de los poderes estatales. Continuando con los planteamientos de Locke también Kant considera que el Estado es la institución que garantiza la propiedad privada.

La razón por medio de un imperativo categórico obliga a que se cumplan las leyes  en los Estados y a que el derecho  sea cumplido y respetado. El creador del idealismo trascendental también combina el respeto a la ley con el mantenimiento de un Estado de Derecho que, simultáneamente, logre unas condiciones de vida dignas para los ciudadanos. Es necesaria, según Kant, una política de bienestar que manifieste o plasme de forma efectiva lo que garantiza el estado de derecho. Para este gran filósofo es deber de todo Estado ofrecer asistencia social a los que la necesiten y los costes derivados los tiene que financiar con impuestos. Especialmente en relación con las instituciones de caridad o similares.

Para Kant la política debe partir de una fundamentación constitucional «que garantiza  a cada uno su libertad por medio de leyes, con lo cual cada uno sigue siendo dueño de buscar su felicidad por el camino que mejor le parezca, siempre y cuando no perjudique […] al derecho de los otros súbditos». Creía en una federación de Estados. Y el progreso de la política mundial era la tendencia hacia la república mundial de la paz perpetua que para él no era algo utópico, aunque fuera un objetivo que dirige los esfuerzos por la paz a muy largo plazo en el tiempo.

Desde la reflexión de Kant es evidente que el ser humano busca  «procurarse una posición entre sus congéneres, a los que no puede soportar, pero de los que tampoco es capaz de prescindir».  Es la insociable sociabilidad de la naturaleza humana que tan bien conoce el sabio alemán.

Está claro que es cierto que existen dos tendencias naturales en los hombres y las mujeres: la sociabilidad, el intercambio social y el interés mutuo y, por otra parte, el deseo de dominio de los demás y el egoísmo absoluto.  El afán de competir no es malo, en sí mismo, si se combina con una actitud solidaria y compasiva, ya que somos seres racionales y gregarios. De hecho, los talentos de los hombres se ejercen en la realidad partiendo de un sano individualismo que debe también impulsar la política y la justicia. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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