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Los dilemas del periodismo en Nicaragua

17/05/2010 08:44 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En Nicaragua hoy en día se ha producido una aguda e irreversible polarización al interior de los hombres de prensa

Por Douglas Salamanca

Periodista

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En Nicaragua hoy en día se ha producido una aguda e irreversible polarización al interior de los hombres de prensa. Por un lado encontramos a los informadores democráticos e independientes ( libertarios), los cuales se encuentran en su mayoría desorientados y desorganizados. Ellos comprenden a la perfección que no encajan en el proyecto totalitario del orteguismo, y desearían hacer algo a favor de la democracia y de nuestro país, pero no encuentran el cómo. Desconfían -- y con justa razón—de muchos politicastros podridos que militan en las filas de la pseudo-oposición y, por otra parte, carecen de un liderazgo proactivo y esclarecido, al interior del gremio. La Asociación de Periodistas Nicaragüenses (APN), ha caído, lamentablemente, en un inexplicable mutismo y auto-eclipsamiento, y carece al parecer de un liderazgo proactivo y esclarecido.

Por el otro lado, y en la acera opuesta, encontramos al periodismo oficialista, dirigido personalmente por la señora Rosario Murillo, que los maneja directamente a través de sus acólitos. Estos periodistas están agrupados a través de la Unión Nacional de Periodistas (UPN), el Foro de Periodistas Sandinistas y el Colegio de Periodistas de Nicaragua. Ellos están organizados de una manera monolítica y vertical, en la cual no cabe ningún tipo de crítica ni de disensión. Cuentan con recursos ilimitados, y su única obligación es ser fieles a las directrices que se les bajan desde la Secretaría del FSLN, ubicada en Las Palmas.

Este es un periodismo, o más bien pseudo- periodismo que se guía en lo fundamental por las consignas del tristemente célebre Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Esas consignas, entre las cuales sobresale aquella que dice “una mentira, repetida mil veces, se convierte en verdad”, han sido adaptadas sin embargo a nuestra situación. Mientras Goebbels contaba con un poder absoluto, en la Alemania nazificada, el periodismo orteguista debe luchar todavía contra un bastión bastante sólido, constituido por el periodismo independiente, que, aunque en condiciones bastante precarias, se resiste a claudicar por completo. El equivalente del Ministerio de Propaganda e Ilustración Popular que tenían los nazis se llama en Nicaragua “Consejo Nacional de Comunicación y Ciudadanía”.

Si se contrastan los dos bloques de periodistas descritos arriba, encontramos diferencias radicales entre ellos, al punto de llevarnos a dudar si es posible considerarlos como pertenecientes al mismo gremio. Los periodistas orteguistas son realmente desinformadores a sueldo, y propagandistas mercenarios del gobierno.

Su tono es vociferante y furibundo, su discurso es exaltado y agresivo, y caen frecuentemente en la injuria y el insulto. Si se observa con atención, encontramos una enorme semejanza con los plumíferos del antiguo periódico somocista llamado Novedades.

La semejanza no es casual. Ella nace, por el contrario, de un paralelismo ontológico en cuanto a las condiciones en que estos personajes operan. La necesidad de mentir constantemente crea en una persona normal una profunda tensión psicológica, que tiende a adquirir ribetes patológicos. Los mitómanos a sueldo padecen palpitaciones, sudoraciones en las manos, pesadillas, insomnios, etcétera. Para ponerse a salvo de una crisis de nervios, ellos deben reforzarse continuamente en sus creencias, tratando de alcanzar una especie de auto-sugestión y un estado semi-hipnótico. Es bajo ese estado de auto-embrutecimiento y auto.anonadamiento en que ellos pueden funcionar, acallando por esa vía la voz de la conciencia, que les exige y les ordena, por mucho que quieran ahogarla, apegarse a la verdad, y ser consecuentes con su juramento profesional de ser objetivos y ecuánimes.

En aras de ganarse su sueldo y medrar en su medio de prensa, ellos deben despotricar continuamente en contra de todos los que se oponen a su jefe. El lugar que antes le correspondía al tirano Anastasio Somoza, hoy lo ocupa Daniel Ortega, como el líder infalible, al que nadie debe cuestionar, so pena de ser desprestigiado con epítetos vulgares, y descalificado como un delincuente, oligarca, “vende-patria”, etc. Ellos cuentan con un rosario de expresiones de ese tipo de las cuales se sirven continuamente.

Aun cuando es comprensible que aspiremos a lograr por todos los medios la unidad gremial, debe quedar claro que, en las actuales circunstancias, ese objetivo se ha vuelto absolutamente imposible

Se trata de un periodismo mentiroso, que se vuelve maniqueo y cansino, y del cual se avergüenzan incluso los mismos militantes sandinistas, que generalmente buscan otras opciones para informarse.

Ahora bien, la pregunta del millón, que hasta el momento no ha sido contestada, es la siguiente. ¿Debemos considerar nosotros colegas nuestros a esos periodistas, vendidos tristemente a la causa de la mentira y de la desinformación? Hay muchos que piensan que sí. Yo creo definitivamente que no, y quiero exponer aquí mis argumentos al respecto.

Si aceptamos que ellos son nuestros colegas, estamos aceptando tácitamente que lo que ellos hacen cabe dentro de las prácticas admisibles y tolerables dentro de la profesión del periodismo. Pero si el periodismo tolera esas aberraciones, entonces estamos descalificando a nuestra propia profesión, y metiéndonos el cuchillo, al descalificarnos por esa vía nosotros mismos. Equivaldría a atribuirle al periodismo una manga demasiado ancha.

La defensa del prestigio y de la imagen, y de la respetabilidad del gremio nos obliga a distanciarnos de ellos lo más que sea posible, con un sentido de repulsión y disgusto. El periodismo no puede ser suficientemente flexible como para que quepan en el mismo esos sujetos inescrupulosos. Y tampoco se puede justificar su actuación diciendo que ellos lo hacen “para ganarse el pan”. También los torturadores de la Guardia Somocista torturaban “para ganarse el pan”. Por esa vía estaríamos justificando prácticamente cualquier conducta, incluso la más criminal y abyecta.

Es un error también verlo como una cuestión de compasión o de humanitarismo. Recordemos que son ellos quienes justifican e incluso celebran y aplauden las pedradas que las turbas orteguistas nos arrojan cuando hacemos nuestras manifestaciones pacíficas a favor de la democracia y la defensa de la institucionalidad.

Dentro de un contexto de una contienda política aguda, que tiende a volverse cada vez más encarnizada, la adopción del principio de “poner la otra mejilla” únicamente puede hacerse al costo de aceptar anticipadamente la derrota.

Aun cuando es comprensible que aspiremos a lograr por todos los medios la unidad gremial, debe quedar claro que, en las actuales circunstancias, ese objetivo se ha vuelto absolutamente imposible. No podemos conciliar los intereses de la unidad del gremio con los intereses de la nación, ya que ambos están divididos y enfrentados. Son los orteguistas, no nosotros, quienes han creado este espinoso dilema. Pero somos nosotros los que debemos adoptar una decisión al respecto. Y a la vez definir esa posición y apegarnos a ella de una manera firme y decidida.

A mi modo de ver, ha llegado el momento de denunciar a los periodistas orteguistas como lo que son, es decir, como pseudoperiodistas, que constituyen una vergüenza para la profesión y para el gremio. Es necesario hacer un inevitable deslinde. Hacer lo contrario, y seguirlos consintiendo y contemporizando al respecto sería empeñarse en mantener una ficción y un espejismo que, a la larga, acabarán revelando, aunque a un altísimo costo, su carácter insostenible y contraproducente.

Nicaraguahoy.info


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